Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan el espacio y el tiempo.
Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios á la perfección.
El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones del devenir.
Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad. Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser, implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra de progreso.
En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de la realidad que deviene.
Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus esclarecidos.
Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen: es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de porvenir.
No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree sinceramente en él.
Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas.
Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección.
El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los otros.
Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», aunque el mal uso induzca á ello.
Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de belleza ó una original personalidad.
No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón, que no podía contenerse en ningún vaso.
La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución, es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente: es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo mejor.
Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza--formas preeminentes de toda excelsitud--no se concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás contradictorias, aunque lo parezca.
Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad, su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma.