NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con guiones bajos y las palabras en versalitas en MAYÚSCULAS.
La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.
Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano, cuando la presente edición de esta obra fue publicada, eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las regla establecida por la RAE, que indica que las letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se trata únicamente de la mayúscula inicial.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos ha sido agregado por el transcriptor.
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NUESTRA SEÑORA DE PARÍS
VÍCTOR HUGO
NUESTRA SEÑORA DE PARÍS
NUEVA Y CORRECTA TRADUCCIÓN ESPAÑOLA
por el licenciado
D. José Aguado y Menéndez
TOMO I
VALENCIA Imprenta y librería de Ramón Ortega, editor BAJADA DE SAN FRANCISCO, 11
1884
PRÓLOGO
Hace algunos años que visitando, ó por mejor decir, huroneando por la iglesia de Nuestra Señora, halló el autor de este libro, en un rincón oscuro de una torre, esculpida en la pared esta palabra:
ἉΝἉΓΚΗ.
Estas mayúsculas griegas, denegridas á puro antiguas, y harto profundamente entalladas en la piedra, yo no sé qué signos adecuados á la caligrafía gótica estampados en sus formas y actitudes, como para revelar haber sido una mano de la Edad Media quien allí las escribiera; más sobre todo el sentido lúgubre y fatal que ellas encierran, pararon sobremanera al autor.
Entró dentro de sí; empezó á recapacitar quién podía ser el alma en pena que no quiso salir de este mundo sin dejar esta marca de crimen ó desventura en el frontón de la antañada iglesia.
Luego borrajearon ó rasparon, no sabré decir cuál de las dos cosas, la pared, y desapareció la inscripción. De este modo tratan, pronto habrá doscientos años, á las portentosas iglesias de la Edad Media; vense mutilar tanto por dentro como de fuera. Borrajéalas la mano sacerdotal, ráspalas el arquitecto, y enseguida llega el pueblo que las demuele.
Así, fuera del frágil recuerdo que le consagra aquí el autor de este libro, ya no queda nada hoy de la palabra misteriosa grabada en la mustia torre de Nuestra Señora, nada absolutamente del hado desconocido tan melancólicamente resumido. La criatura que escribió en la pared este vocablo, hace muchos siglos, se borró de en medio de las generaciones, borrádose ha también á su vez del muro santo el vocablo mismo, y hasta la iglesia quizás se borrará igualmente de sobre la haz de la tierra.
Sobre esta palabra se ha compuesto el libro.
Marzo de 1831.
ÍNDICE
Pág.
PRÓLOGO v
LIBRO PRIMERO
I. La sala mayor 7
II. Pedro Gringorio 22
III. El señor cardenal 33
IV. Maestre Jacobo Coppenole 39
V. Cuasimodo 47
VI. La esmeralda 57
LIBRO SEGUNDO
I. De Caribdis en Scila 62
II. La plaza de Greva 65
III. Besos para golpes 68
IV. Inconvenientes de seguir de noche por las calles a una mujer linda 79
V. Siguen los inconvenientes 85
VI. El cántaro roto 88
VII. Una noche de boda 109
LIBRO TERCERO
I. Nuesra Señora 122
LIBRO CUARTO
I. Las buenas almas 133
II. Claudio Frollo 138
III. Immanis pecoris custos, immanior ipse 144
IV. El perro y su amo 153
V. Continuación de Claudio Frollo 155
VI. Impopularidad 163
LIBRO QUINTO
I. Abbas beati Martini 165
LIBRO SEXTO
I. Ojeada imparcial sobre la antigua magistratura 177
II. La ratonera 189
III. Historia de una torta con levadura de maíz 195
IV. Una lágrima por una gota de agua 219
V. Fin de las historia de la torta 229
LIBRO SÉPTIMO
I. De los inconvenientes de confiar un secreto a una cabra 233
II. Que un clérigo y un filósofo son dos 250
III. Las campanas 261
IV. A'NAΓKH 264
V. Los dos hombres vestidos de negro 280
VI. Efecto que pueden producir siete juramentos al aire libre 287
VII. El fantasma 292
VIII. Utilidad de las ventanas que dan al río 301
LIBRO PRIMERO
I La sala mayor
Hoy se cumplen trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diez y nueve días que despertaron á los parisienses el repique y vuelo general de todas las campanas de los círculos de la ciudad antigua, de la universidad y demás pueblo.
No es con todo un día consagrado por la historia el 6 de enero del año 1482. Nada notable tenía el acontecimiento que desde el alba obligaba á volar las campanas y los vecinos de París. No era ni un asalto de picardos ó de burguiñones, ni una urna santa llevada en procesión, ni un motín de estudiantes en la viña de Laas, ni una entrada de nuestro dicho señor el rey nuestro amo, ni tampoco un colgajo general de ladrones y ladronas en la justicia de París. Menos era la llegada, tan común en el siglo décimo quinto, de alguna embajada entorchada y penachuda, pues apenas hacía dos días que la última cabalgata de este jaez, de los embajadores flamencos encargados de concluir el casamiento del Delfín con Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París, con grande enojo por parte del señor cardenal de Borbón, quien sin embargo, no queriendo disgustar á su majestad, se había esforzado á hacer buen semblante á toda aquella rústica caterva de burgomaestres flamencos, regalarles en el palacio de su título, con una multo bella moralidad, tonta y farsa, mientras un aguacero inundaba á la puerta sus magníficas tapicerías.
Lo que el 6 de enero ponía en emoción todo lo popular de París, como dice Juan Troyes, era la doble solemnidad, reunida desde un tiempo inmemorial, de día de reyes y de la fiesta de los locos.
Ese día habría luminarias en la Greva, plantación de un mayo en la capilla de Braca, y misterio en el palacio de Justicia. Todo esto había sido anunciado la víspera á voz de pregonero en las esquinas por los alguaciles del señor preboste, con vistosas sobrevestas del camelote morado, con grandes cruces blancas sobre el pecho.
La turba, pues, de vecinos se encaminaba por todas partes desde la mañana, cerradas casas y tiendas, hacia uno de los tres lugares indicados. Cada cual había hecho su elección, quien por las hogueras, quien por el árbol mayo, quien por el misterio. Conviene decir en elogio de la antigua sensatez de los bausanes de París, que la mayor parte de la turba se dirigía hacia las llamaradas, muy propias del tiempo, ó hacia el misterio, que debía representarse en la sala mayor del Tribunal, bien colgada y bien cerrada; y que los curiosos se acordaban en dejar al pobre mayo mal florido tiritar sólo bajo el cielo de enero, en el cementerio de la capilla de Braca.
El pueblo se agolpaba en especial á las avenidas del palacio de Justicia, sabedor que los embajadores flamencos, llegados la antevíspera, se proponían asistir á la representación del misterio y á la elección del papa de los locos, que igualmente debía tener lugar en la misma sala mayor.
No era fácil el penetrar ese día en dicha sala, sin embargo, de pasar entonces por el más vasto recinto techado del orbe entero (aunque es verdad no había aún medido Sauval la sala grande del castillo de Montargis). La plaza del Palacio atestada de pueblo presentaba á los curiosos de ventanas y balcones un mar proceloso, en que cinco ó seis calles, como otros tantos caudalosos ríos, desembocaban á cada instante nuevas olas de cabezas. Las oleadas de la turba, engrosadas sin cesar, tropezaban contra las esquinas de las casas que se internaban acá y acullá como promontorios en la concha irregular de la plaza. En el centro de la antigua gótica[1] fachada del palacio, la escalera principal, sin intermisión bajada y subida por dos opuestas corrientes que, después de estrellarse en el rellano de en medio, se derramaba en anchas corrientes por sus dos pendientes laterales; la escalera principal, digo, chorreaba sin cesar en la plaza como una cascada en un lago. Los gritos, las risotadas, el trépido incesante de tantos miles pies ocasionaban un gran ruido y el más grande clamoreo. De cuando en cuando se aumentaba el bullicio y estruendo; la corriente, que empujaba toda aquella turba hacia la escalera principal, cejaba, se enturbiaba, se arremolinaba al amago de un ballestero, ó los corcovos y coces del caballo de un soldado del preboste que trataba de restablecer el orden.
