Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de Cistercienses de la Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro:
En una celda solo, como en arca de paz, libre de menester y cargo, el poema escribir largo, muy largo, que cielo y muerte, tierra y vida abarca. Después, en el verdor de la comarca la vista apacentar; sin el amargo pasto del mundo, a la hora del letargo ver cómo visten la dormida charca en flor las ovas. Lejos del torrente raudo del caz que hace rodar la rueda que muele el trigo, soñar lentamente vida eternal en la que el alma pueda ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente; florece sólo el agua que está queda!
¡Soñar así; lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y apacible Historia de la Orden de San Jerónimo, que en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de poesía. (Bien haya la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» por habérnosla vuelto a dar.) ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar, profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en el manicordio y cantando el salmo Super flumina Babilonis? «No parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize: Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena. Dixolo una vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al cielo, y dando un suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar del Señor en la tierra de los vivientes». (Libro IV, cap. XXVII.)
¿Encierro el del monasterio? Sí; «encerravase cada uno en su celdilla o covachuela--nos dice el padre Sigüenza--y desde aquel lugar tan estrecho passeava con el alma la anchura de las moradas del cielo». Y yo me digo del que otra vida lleva:
Alza al correr tan grande polvareda que le ciega los ojos, ni le cabe pararse en firme hasta que al cabo acabe donde nunca pensara, pues la rueda de la fortuna es la que le envereda, no a ella él; desque perdió la llave del gobierno de sí mismo no sabe a dónde corre a ir a dar de queda. ¡Cuánto mejor desde abrigado encierro libre de polvo y sin temor de yerro irreparable pasëar la cumbre de la alta serranía de los astros a busca en ella de divinos rastros de la increada y creadora lumbre!
Allí es la quietud del lago del alma, y sin esa quietud no florece el lago. Oigamos de nuevo a nuestro padre Sigüenza, cuando nos dice que «andan estas almas sencillas (digámoslo ansí) como çabullidas en Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación de malicia». Esto, a propósito del siervo de Dios fray Juan de Carrión, llamado el Simple. Y me digo:
Déjame que en tu seno me zambulla donde no hay tempestades; como esponja habrá en Ti de empaparse mi alma, monja que en el cuerpo, su celda, se encapulla. Mientras Satán sobre esta mar aúlla al husmo de almas con que henchir su lonja, más dulce aquí que jugo de toronja me es tu agua, Señor. Ni me aturulla el vaivén de su mundo, ya que dentro vivo de mí viviendo en tu bautismo; sólo perdido en Ti es como me encuentro; no me poseo sino aquí, en tu abismo, que envolviéndome todo, eres mi centro, pues eres Tú más yo que soy yo mismo.
Sí, Dios es mi yo infinito y eterno, y en Él y por Él soy, vivo y me muevo. Mejor que buscarse a sí es buscar a Dios en sí mismo. Y cuando andamos dentro nuestro a la busca de Dios, ¿no es acaso que nos anda Dios buscando? Pues que le buscas, alma, es que Él te busca y le encontraste.
«Si me buscas es porque me encontraste --mi Dios me dice--. Yo soy tu vacío; mientras no llegue al mar no para el río ni hay otra muerte que a su afán le baste. Aunque esa busca tu razón desgaste, ni un punto la abandones, hijo mío, pues que soy Yo quien con mi mano guío tus pasos en el coso por que entraste. Detrás de ti te llevo a darme cara, y eres tú quien te tapas para verme; pero sigue, que el río al cabo para; cuando te vuelvas, ya de vida inerme, hacia lo que antes de ser tú pasara, descubrirás lo que en tu vela hoy duerme».
Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios empujándonos, y al morir, volviéndonos al pasado, hemos de verle la cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia.
¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos consuelos de esperanza allá, en aquel siglo XIII, oliente a San Francisco! ¡Pero en aquel siglo XIII, en aquella poética Edad Media, mocedad del cristianismo!
Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le buscan y le encuentran.
Salamanca-VI-11.
DE VUELTA DE LA CUMBRE
Un en un tiempo famoso profesor de Filosofía de cuyo nombre no quiero ahora aquí hacer mención, solía empezar su curso con esta pregunta: ¿qué venimos a hacer? Y acabábase el curso sin que ni él ni sus discípulos supieran lo que habían hecho ni si es que habían hecho algo. Así yo también, al tomar hoy la pluma, en esta mañana del día primero de agosto, me pregunto filosóficamente: ¿qué vengo a hacer?
La tarea parece fácil. He estado hace pocos días en los altos de la sierra de Gredos, espinazo de Castilla; he acampado dos noches a dos mil quinientos metros de altura, sobre la tierra y bajo el cielo; he trepado el montón de piedras que sustenta al risco de Almanzor, he descansado al pie de un ventisquero contemplando el imponente espectáculo del anfiteatro que ciñe a la laguna grande de Gredos, y viendo el Ameal de Pablo levantarse como el ara gigante de Castilla, he convivido un momento con el pastor de las cimas y he recorrido, al bajar, las tierras teresianas, pasando mi fatiga del viaje por entre los nogales de Becedas, donde durante unos meses trató a la santa--a Santa Teresa de Jesús, ¡claro está!--una curandera. Traigo el alma llena de la visión de las cimas de silencio y de paz y de olvido, y, sin embargo, nada se me ocurre, lector, decirte de ello.
Algunos relatos de viajes y excursiones llevo escritos ya, pero he de dejar tal vez en el silencio en que los recogí los sentimientos más hondos que de esas escapadas a la libertad del campo he logrado. No he escrito ni creo escribiré jamás mis impresiones de Granada, y en Granada pasé una de mis quincenas más repletas de vida. Mientras viva reposará en el lecho de mi alma, por debajo de la corriente de las impresiones huideras, aquella santa caída de tarde que a principios del dulce mes de setiembre gocé en el Albaicín, todo blanco de recuerdos. Fué un como baño en algo etéreo. Las lágrimas me subían a los ojos y no eran lágrimas de pesar ni de alegría; éranlo de plenitud de vida silenciosa y oculta.
Pero, ¿quién cuenta todo esto? El público, oh lector, quiere cosas concretas, noticias, datos, informaciones. Y yo cada día odio más la información y me interesa menos la noticia. Uno de los mayores encantos allá en las alturas de Gredos, era carecer de diarios, no recibir cartas. Hablábamos a la caída de la tarde, descansando al pie de un ventisquero, de cosas impertinentes a aquella grandiosidad que nos rodeaba, y al mentar uno de nosotros a Maura, un pastor que nos oía hubo de preguntarnos: ¿pero no han matado a ese señor? Sorprendidos por la pregunta y recelando no tuviese noticias más frescas que nosotros, le interrogamos y resultó que se refería al atentado de que dicho señor fué objeto en Barcelona hace más de un año. «Hace tres días que lo he leído en un periódico»--añadió el pastor. Y al despedirnos de él para bajar a los valles en que habitan los hombres con sus mujeres, encontramos la explicación del caso, pues nos pidió los periódicos en que habíamos llevado envuelta nuestra merienda. Era lo que leía, y la noticia del atentado a Maura le llegó por un número de periódico que dejaron allá entre los riscos unos excursionistas. ¡Feliz mortal! Había de estallar una revolución a sus pies sin que él se enterase.
El cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas y aumenta el número de glóbulos rojos, según nos dijo un catedrático de Medicina, pero el alma también se limpia y restaura con el silencio de las cumbres. ¡Qué silenciosa oración allá, en la cumbre, al pie del Almanzor, llenando la vista con la visión dantesca del anfiteatro rocoso! Dábamos una voz y el eco la repetía dos veces entre las soledades.
Pero hubo que bajar; hubo que bajar a estos valles y llanuras en que viven los hombres en sus pueblos, alimentándose de sus miserias y, sobre todo, de su incurable ramplonería. Bajé, llegué a mi casa y me encontré con el primer volumen de las obras completas de Gustavo Flaubert, que desde París me envía un amigo, rabioso flaubertiano. Contiene este primer volumen la correspondencia del gran hombre desde 1830 a 1850, es decir, desde sus nueve hasta sus veintinueve años. ¡Pobre Flaubert! ¡Qué aguda, qué dolorosamente sintió la estupidez humana! ¡Cómo se dolió el burgués, el buen burgués satisfecho de sí mismo, que cada mañana, mientras toma su café con leche y su pan con manteca, se informa de las noticias de la víspera! Él y Máximo Du Camp, bajando el Nilo, divertíanse en representar el viejo señor inepto, rentero, considerado, en buena posición y de cierta edad, y se preguntaban uno a otro si habría sociedad en los pueblos por que pasaban o algún círculo en que se leyese diarios, si se dejaba sentir el movimiento ferroviario, si avanzaban las doctrinas socialistas, si había buen vino, si eran amables las damas, etc., etc. Y este hombre, en cuya alma repercutió más que en la de ningún otro la incurable tontería humana, acabó escribiendo aquel inmenso libro que se llama Bouvard et Pecuchet, la más amarga rechifla del progresismo.